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Los hombres que me gustan no me miran (1)
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Mis ojos desconociendo el humo ardían más de la cuenta. Una atmósfera claroscura atrapaba los gestos inconexos y los deseos ocultos que la música no atenuaba. Más indiferente que todos, ajeno como una muralla, era él, estaba, por fin palpitando conmigo en la misma coincidencia... como una enredadera fui por su cuerpo aprehendiéndolo con la mirada, la madera de la mesa continuaba en sus dedos cuyo tacto imaginé sudoroso y frío -sencillo adherirse en ellos-, vagué a la deriva por sus antebrazos, por sus hombros, por las líneas de su ropa hasta colonizar sus facciones crudas (...) la música siguió vibrando y mi deseo pronto fue desplazado por el frío.